Estos días, hablando con un buen amigo que está atravesando un momento muy difícil de enfermedad, volví a sentir algunas cosas que, en su momento, también me ayudaron a mí.
No porque las situaciones sean iguales, ni porque existan palabras capaces de arreglar lo que duele.
Pero a veces, cuando alguien cercano está sufriendo, vuelven a aparecer dentro de mí sensaciones y pequeñas verdades que en su momento me ayudaron a sostenerme.
Y una de ellas, para mí, fue esta: la vida se mueve.
Durante mi propia enfermedad, nunca me ayudó demasiado eso de “piensa en positivo”.
Sé que muchas veces se dice con cariño. Como también se dicen otras frases: “tienes que ser fuerte”, “todo va a salir bien”.
Y realmente entiendo la buena intención que hay detrás.
Pero a mí no siempre me ayudaban.
A veces, en lugar de ayudarme, me pesaban. Porque cuando estás dentro de momentos de miedo, de dolor o de incertidumbre, no siempre puedes pensar en positivo. No siempre puedes sentirte fuerte. No siempre sabes si todo va a salir bien.
Lo que a mí me ayudaba era otra cosa…recordar que nada permanece igual.
No se trataba de creer que todo iba a salir como yo quería. Ni de convencerme de que tenía que estar bien. Ni de obligarme a mirar la vida con alegría cuando por dentro estaba atravesando algo muy difícil.
Era algo más sencillo, y a la vez más profundo. Recordar que todo cambia.
Que no solo pasa lo malo. También pasan los momentos buenos, los días de calma, la alegría, la ilusión. Nada se queda para siempre del mismo modo.
Ni nosotros en el mismo lugar.
Y aunque pueda parecer extraño, a mí esa idea me daba tranquilidad entonces, y todavía me la da hoy.
Porque me recuerda que no tengo que resolver toda mi vida en un solo momento.
Solo tengo que atravesar ese rato, ese día, esa parte del camino. No todo pasa como queremos. Pero todo cambia.
Y a veces, lo que calma no son palabras de ánimo, sino saber que incluso el dolor se mueve.
Mientras estamos aquí, todo se mueve: el miedo, la tristeza, la alegría, la calma y también nosotros.
Y quizá ahí está la pequeña calma.
En comprender que, aun dentro del dolor o del miedo, algo en nosotros sigue respirando, sigue mirando, sigue moviéndose.
Aunque sea muy despacio.
Y eso, a veces, ya es una forma de vida.
Pilar