Esta foto no va de un brownie.
Va de algo que cada vez me parece más importante:

cuidarse no siempre parece cuidarse.

Aunque tengo que confesar algo: este brownie es una de mis debilidades en Pokhara.
No lo como cada día.
Pero cada dos semanas, más o menos, hay un día en el que mi cuerpo, mi cabeza o mi alma (no sé muy bien quién de los tres), me dicen:
“Hoy toca”.

A veces cuidar mi salud es elegir verduras, comida sencilla, descanso, movimiento suave, agua, sol y silencio.

Pero otras veces, cuidar mi salud también puede ser sentarme en una cafetería bonita, pedir ese brownie que me encanta, tomarme un café despacito y dejar que el cuerpo afloje un poco.

Y os prometo que, en momentos así, siento que algo dentro de mí se emociona… y vuelvo a ser esa niña rebelde y apasionada otra vez.

Como si el cuerpo recordara que la salud no solo vive en lo que comemos, sino también en cómo lo comemos.

En disfrutar ese momento.
En estar ahí, sin más, con el café calentito, el brownie delante y viviendo este momento de verdad.

Cada vez tengo más claro que, para mí, vivir también es esto:
un día disfrutar de unas verduras sencillas,
otro día de un delicioso brownie con un café.

Y sentir que ambas cosas pueden formar parte del mismo camino:
cuidarme sin dejar de vivir.

Mis pequeños momentos.